EL MESÓN DE SAN ANTONIO

ALFONSO VÁZQUEZ SOTELO

 El bolígrafo

            Hace unos días cumplí años –lo de la edad mejor lo dejamos a la imaginación-, y un muy querido amigo me obsequió una pluma estilográfica. Cuando la abrí me entusiasmó encontrar el plumín dispuesto a recorrer páginas en blanco con mis historias, como si aquella pluma fuera un caballo salvaje y yo el jinete que lo llevará a cruzar desiertos y llanuras.

Esa necesidad inherente del hombre por plasmar sus pensamientos, nos ha llevado a mojarnos las manos en la sangre de los animales cazados para pintar las paredes de las cuevas; nos ha hecho dibujar sobre caparazones de tortuga con ramas y cenizas; nos ha volcado a interpretar la naturaleza a través de logogramas hechos con flores machacadas y resina de árbol.

Arrancamos las plumas de las aves para escribir con tinta y diseñamos estos plumines como el que ahora tengo en la mano –más adelante contaré el triste desenlace al que me llevó la inmersión de mis cavilaciones- como preparación para uno de los mejores y más prácticos inventos de la historia de la humanidad: el bolígrafo.

Los orígenes del bolígrafo remontan a 1888, cuando el norteamericano John J. Loud patentó un procedimiento de escritura basado en una pluma con punta en forma de bola. El invento era burdo y no resolvía el problema principal: la tinta líquida. Un tal Evans y otro llamado Lambert, hicieron respectivos esfuerzos para mejorar la “escritura de bola” pero sin ningún éxito.

Fue Ladislao Biro, un reportero húngaro naturalizado argentino, quien cansado por las complicaciones que le causaba su pluma fuente –que era para diestros y él era zurdo- y al observar a unos niños jugar en la calle con canicas (que al atravesar un charco salían trazando una línea de agua en el piso seco), se dispuso a crear una pluma metálica con una bolita en la punta. Así, el primer prototipo de bolígrafo salió en 1938, pero no llegó a comercializarlo. Al paso de los años, Biro y su hermano George se juntaron con Juan Jorge Meyne y formaron la compañía “Biro Meyne Biro”, y el 10 de junio de 1943 registraron la patente y lanzaron el producto al mercado con el nombre de Birome (acrónimo formado por las sílabas iniciales de Biro y Meyne).

Al principio se le llamaba “pluma esferográfica” y sus cualidades eran increíblemente prácticas: siempre estaba cargada, se secaba en el acto, permitía hacer copias con papel carbón y su tinta era indeleble, ¡toda una maravilla! Por eso, no debe asombrarnos que semejante invento dejara millonarias ganancias para sus creadores.

Ahora bien, volviendo al tema de mis profundas abstracciones y de mi facilidad para perderme en mis pensamientos, le cuento querido lector que estaba en plena reflexión cuando la pluma estilográfica recién regalada me puso a prueba: se puso difícil conmigo y no me permitía desarmarla para llenar su tanque de tinta, que yo lo supuse vacío; así que ignorando aquel viejo y conocido refrán que reza: “más vale maña que fuerza”, apliqué todas mis fuerzas –que aunque lo dude, siguen siendo muchas- y ¡zaz!, logré abrirla. “No-que-no”, le decía a aquella ingrata cuando me di cuenta que mis manos estaban completamente manchadas de tinta. Bueno, pensé, no pasa nada, me la lavo y se me quita; lo malo fue que al llegar a casa, me encontré con semejante regañada porque hasta la camisa que llevaba –también recién estrenada- igual había recibido el embate de mi incontrolable fuerza. Todo por andar de pensativo.

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