Custodios de un legado y un símbolo, Fábrica “El Sarape de Saltillo” cumple 100 años

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Contra viento y marea, la familia Mendoza Oyarzabal mantiene viva esta tradición que tanto significa para Saltillo

Luego de que terminara la Primera Guerra Mundial, en noviembre de 1918, el señor José Sánchez Muslera y su familia, todos inmigrantes españoles, se preparaban para regresar a España, y anunciaron que cerrarían la fábrica de Sarapes de la que eran dueños, ubicada en la calle Victoria, casi esquina con Mina.

Pero, antes de dejar Saltillo, le propuso al señor Pedro Oyarzabal y a su esposa Dolores González de Oyarzábal, quienes vivían enfrente, venderles la fábrica de Sarapes para no cerrarla y dejar sin trabajo a más de 40 personas.

Fotografía: Harumi Kawasaki

Don Pedro Oyarzabal, español oriundo de la región Vasca, era en ese entonces el representante autorizado de la Casa Wagner en la zona noreste de México, una empresa que vendía instrumentos musicales. Por lo tanto le era difícil aceptar la propuesta del señor Sánchez Muslera.

Sin embargo, platicándolo con su esposa, la señora Dolores González, nacida en Ciudad Victoria, Tamaulipas, aceptaron el negocio que les proponía José Sánchez. Pedro seguiría con las ventas de la Casa Wagner,  y Lolita se quedaría al frente de la administración del negocio de sarapes, rescatando la fuente de empleo de 40 familias de Saltillo.

Doña Lolita y don Pedro

Pedro y Lolita decidieron bautizar su nuevo negocio como “Sarape Factory El Charro”, permaneciendo en la calle Victoria. Instalaron los telares de madera de encino, que hasta la fecha se utilizan, y comenzaron a trabajar en todo el proceso: compraban la lana en greña, la hacían hilo, luego venía el encanillado y la pintada.

Antes de irse a España, el señor Muslera se encargó de que don Pedro y doña Dolores aprendieran el arte de teñir la lana, pues en aquel tiempo solo una persona de cada taller sabía hacerlo, y era lo que daba un toque característico a cada sarape.

Pasando el tiempo, llegó al taller El Charro un niño de 11 años a pedir trabajo, venía desde General Cepeda, pero don Pedro se negó a contratarlo por su corta edad, sin embargo, fue tanta su insistencia conforme pasaba el tiempo, que cuando cumplió los 13 aceptaron que se integrara al equipo, para que a la postre se convirtiera en uno de los mejores maestros tejedores de Saltillo.

Su nombre era Espiridión Zendejo Reyes, aunque fue bautizado por don Pedro como ‘Josesito’, y tiempo después hizo los trámites necesarios para que legalmente su nombre fuera José Espiridión.

Aprendió a entintar, y lo hacía volteado hacia la pared para que nadie lo viera, porque era un secreto y fue el único obrero de El Charro que aprendió ese arte.

Trabajó en la fábrica por 70 años, hasta que cumplió 83 de edad. Era todo un artista, pues podía hacer absolutamente toda clase de dibujos, por más elaborado que estuvieran.

Don Pedro y doña Lolita procrearon cuatro hijos: Ana María, Francisco, Angélica y Pedro, quienes tuvieron que aprender también todo lo relacionado con el sarape.

La más entusiasta fue Ana María, quien a la edad de 9 años se inscribió a la escuela de pintura del Ateneo Fuente, a cargo del maestro zacatecano por nacimiento, pero saltillense por adopción, Rubén Herrera, en donde en conjunto desarrollaron una contribución al símbolo saltillense: las sombras o sombreado, una característica del sarape de Saltillo que consiste en entrelazar ocho tonos de un mismo color, brindando la sensación de difuminado y reflejando la brillantez de los amaneceres y atardeceres de Saltillo.

En 1930, tras haber participado en la Feria Iberoamericana de Sevilla con la presentación de cinco sarapes, la fábrica El Charro obtuvo el Gran Premio, consistente en un diploma y una medalla de oro, con un sarape en el que se entretejen los escudos de España y México con un saludo de manos.

En 1937 falleció don Pedro Oyarzabal, dejando a su esposa e hijos con la encomienda de seguir adelante con la fábrica de sarapes. Fue doña Dolores y su hija Ana María Oyarzabal quienes siguieron al frente del negocio hasta 1946.

Ana María Oyarzabal se casó con Guillermo Mendoza Heredia, de Guanajuato, y procrearon siete hijos: Ana María, José Guillermo Pio, Maria Luisa, Joaquín María, Jesús María, Pablo Esteban y Juan Ignacio.

En 1946, doña Lolita decidió mudarse a la Ciudad de México, para acompañar a su hijo Pedro mientras estudiaba Ingeniería en Electrónica en aquel lugar, rentando la fábrica a su yerno Guillermo.

Para 1960, Guillermo y Ana María compraron a su suegra la fábrica y tienda de sarapes, cambiando entonces su  denominación por “El Sarape de Saltillo”.

Durante 46 años (de 1946 a 1993) Guillermo y Ana María guiaron la fábrica, enfrentando todas las crisis económicas que vivió el país, pero manteniendo la tradición sarapera, con la que daban trabajo a alrededor de 56 personas.

Fotografía: Harumi Kawasaki

Ana María Mendoza Oyarzábal, hija de Guillermo y Ana Maria Oyarzabal, dice que la tienda para ella es una pasión, y se siente comprometida a preservar la tradición y el símbolo que representa el sarape.

“Yo desde que tengo uso de razón he estado en la tienda, a mí me gustaba más estar en la tienda que jugando en el patio, a mí me gustaba hacer la tarea en la tienda, todo hacía en la tienda”, relata.

De entre los empleados de entonces recuerda a Mariquita Valdez, a Toña Medrano, Rosendo García y Cipriano, quienes festejaban el cumpleaños de su padre Guillermo cada 25 de junio desayunando con la familia.

La mejor época de venta de sarapes fue entre los años 60’s y 70’s, incluso don Guillermo y su hija María Luisa abrieron dos sucursales que llamaron “Los Telares”, ubicadas también en la calle Victoria.

Para los años 80 y 90 las nuevas crisis económicas por poco acaban con los sarapes de Saltillo, pues hicieron que cerraran casi todas las fábricas de sarapes, excepto la de don Guillermo, que hasta la fecha se mantiene en pie.

Para 1983, hace 35 años, la fábrica se cambió al lugar en donde permanece hasta la actualidad, la calle Hidalgo, casi esquina con Ramos Arizpe.

Fotografía: Harumi Kawasaki

Cuando don Guillermo falleció en 1993, su esposa Anita, su hija Ana María Mendoza, e incluso su nieta Ana María González Mendoza se quedaron al frente del negocio, hasta el 2006. También contaron con el apoyo de Gerardo Mendoza Garza.

Doña Anita Oyarzábal fallecio en 2006, dejando a cargo de su hija Ana María la fábrica de Sarapes, en donde se mantuvo hasta el 2013.

Sin embargo, en el 2010 se enfrentó una dura crisis, las ventas se desplomaron debido a los problemas de inseguridad que enfrentaba el país y Coahuila, por lo que la fábrica estuvo a punto de cerrar. Para evitar lo anterior, se tuvo que hacer un recorte de personal. No había otra forma de continuar manteniendo la tradición.

En 2013 tomó las riendas de la fábrica Pablo Esteban Mendoza Oyarzábal, hijo de doña Anita y don Guillermo, quien permanece al frente de la fábrica hasta la actualidad.

La Fábrica El Sarape de Saltillo cuenta con dos maestros tejedores de sarapes de lana, Héctor Tamayo Sánchez, quien por 19 años ha tejido sarapes, y David López, quien tiene cuatro años en el lugar, y es egresado de la Escuela del Sarape.

Pablo Esteban Mendoza Oyarzábal, uno de los herederos de la tradición, hijo de don Guillermo y doña Ana María, dice que en esta fábrica han sido muchísimas las personas que han encargado un sarape, y recuerda por ejemplo el caso de los artistas extranjeros Elizabeth Taylor, Richard Burton, John Wayne, John Crawford, los mexicanos como Cantinflas, Pepe Aguilar, María de Lourdes y Amalia Hernández y su ballet.

Fotografía: Harumi Kawasaki

Doña Lolita Gonzalez de Oyarzabal entregó en el Vaticano un sarape tejido a su santidad el Papa Pio XII. A los demás Papas también se les ha entregado, incluso el tejedor José Espiridión le entregó al Papa Juan Pablo II en Monterrey, un sarape tejido por él.

También distintos presidentes de México, desde el año 1940, con Manuel Ávila Camacho hasta Felipe Calderón recibieron su símbolo saltillense; lo mismo los gobernadores  de Coahuila, incluso, según una anécdota, el gobernador Nazario Ortiz Garza, fue personalmente a la tienda para pedirles que ya no aceptaran hacer sarapes con su cara, pues cada persona que lo visitaba le llevaba uno y ya no sabía qué hacer con tantos.

Hubo incluso presidentes y embajadores de varios países que ordenaron un sarape en la fábrica de El Sarape.

“El sarape de Saltillo es un ícono y símbolo de Coahuila y de México, que la familia Mendonza Oyarzábal ha sabido preservar”, indicó Pablo Esteban Mendoza Oyarzabal.

Fotografía: Harumi Kawasaki

Fotografía: Harumi Kawasaki

 

Acerca del autor
Reportero Multimedia. Periodista de barrio y contador de historias apasionantes. Premio Nacional de Comunicación “José Pagés Llergo” 2017. Premio Estatal de Periodismo 2015, 2016, 2017 y 2018
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