AVISO DE CURVA

RUBÉN OLVERA MARINES 

Ricardo Anaya no tiene un estratega 

Que me perdonen los simpatizantes del Frente. Pero algo sucedió con Ricardo Anaya durante el segundo debate celebrado en la ciudad de Tijuana. El joven queretano cometió algunos errores y excesos que dejaron dudas respecto a su visión y capacidad para conducir al país. Las encuestas podrían pasarle factura durante los próximos días.

En el primer debate, Ricardo Anaya se mostró certero y contundente. Lo suficiente como para llamar la atención de distintos públicos ajenos al Frente. Quedó claro que López Obrador encontró rival. El resultado fue que el panista creció en las encuestas. Era evidente que Morena y sus aliados comenzaron a sentirse incomodos.  En síntesis, después del primer debate, se incrementó el número de personas que visualizaban a Ricardo Anaya como Presidente.

Llegó entonces el segundo round. La oportunidad para que el queretano mostrase algo más que sus habilidades para la oratoria y la confrontación. Un segmento del voto antisistema, que después del primer debate dirigió la mirada hacia el Frente, esperaban escuchar propuestas, encontrar una visión distinta del país. Anhelaban que su nuevo descubrimiento pasara de la evidencia al argumento, del dedo acusador a la mano abierta y extendida que traza rumbo y dirección.

¿Qué sucedió en la frontera? Me temo que, en su afán de reforzar la estrategia de atacar a López Obrador, el panista descuido la táctica y renunció a la posibilidad de mostrarse como futuro Presidente.

Los modos dieron al traste con la estrategia mediante la cual se pretendía bajarle puntos al tabasqueño. Anaya retomó la confrontación, con insistencia y ciertos rasgos de desesperación. Al grado de acercarse demasiado a la humanidad del candidato de Morena, tratando de irritarlo y despertar su temperamento. Lo que no calculó el joven panista, fue que su rival mantuvo la calma e incluso se reveló jocoso e irreverente. Al mismo tiempo, el frentista daba la espalda a la audiencia. En cambio, el líder en las encuestas se mostraba de frente, sobre el templete, centímetros por arriba del panista. En la escena de la confrontación, se distinguió una alegoría: Anaya se mostró como un diputado de oposición, aguerrido, conocedor, informado. Pero, simbólicamente, el propio Ricardo Anaya otorgó a López Obrador la posición de “Presidente”, cediéndole el centro del escenario, descuidando a la audiencia que quería escucharlo a él y su propuesta.

Previo al segundo debate, cuando Ricardo Anaya dio lectura al primer capítulo del Arte de la guerra de Tzun Tzu, pasó por alto un renglón que, probablemente, hubiera cambiado el rumbo de lo sucedido en Tijuana: Al enemigo… “Evítale durante un tiempo cuando es más fuerte”.

La táctica que hubiera garantizado solvencia a la estrategia de irritar al tabasqueño, quedó definida al término del primer debate: no volver a dirigirle la palabra. Al ignorarlo, Ricardo Anaya estaría fortaleciendo su posición como conocedor de los problemas nacionales. El mensaje de ataque hubiera sido el mismo. Pero desconcertante para López Obrador, quien está siempre preparado para ser el centro de atención.

Para tocar el orgullo del aspirante de Morena, no hay que confrontarlo. Bastaría con ignorarlo.

Algunos medios han insinuado que el Frente prepara un cambio de estrategia y de estrategas. ¿Qué les recomendarías? Confrontación o indiferencia.

 

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