EL MESÓN DE SAN ANTONIO

ALFONSO VÁZQUEZ SOTELO 

¿Y los recuerdos?

Muchos años después de su muerte, una de las nietas recordaba muchos dichos de mis padres, especialmente esa especie de quejumbre de mi padre que irrumpía como una estampida de murciélagos a plena luz del día.  Ese recuerdo que es tan puntual en mí, tan preciso, tan lleno de significado me mueve a un recuerdo tan voraz de sentimiento que uno se arroja a ese zarzal bullendo y con llamas competentes de exterminar y limpiar cualquier imperfección.

Sin duda esa prolongación de testimonios es la columna vertebral de recuerdos familiares, que me sorprenden.  Además de ser una caja de Pandora, ellos dan la sensación de una imposición llevada a terrenos de sometimiento. Expresar como articulaba tal personaje sonidos y voces, es tener una arma secreta con la potestad de efectos inmediatos.

– ¿Qué te duele abuelo? Nada hijo, contestaba él.

– Entonces ¿por qué te quejas tan lastimosamente?

– Deja lo que me duele, tu solo fíjate el profesionalismo con el que lo hago, contestaba.

Recordar en este contexto íntimo sin duda es aprisionar la imagen, la voz, los gestos y el cariño que uno tiene de garantía de que el otro sí fue trascendente en la vida. Eso prueba de que si pasó por la tierra y que vivió entre nosotros. Esas historias de los antepasados siempre nos daban un orgullo entre la gente.

“La palabra recuerdo emana del latín, y más exactamente del vocablo que estaba compuesto por el prefijo re-, que es equivalente a “de nuevo,” y cordis, que es sinónimo de corazón,” volver a pasar por el corazón.

En cambio, mi abuela, que tenía momentos de agorera y vidente, salía siempre con sus incógnitas, decía precisamente: que los recuerdos eran misterios ¡solo Dios con su bendita sabiduría podía verlos, entenderlos y por supuesto dosificarlos y meterlos en cintura!

Los científicos actuales opinan sobre la psicología, que es un misterio; así como lo decía mi abuela, hace ya 30 años de su muerte.  Nada creía entonces uno hasta que hoy estamos frente a un grave problema de recuerdo. Este olvido se da en personas que hace 60 años era unos niños que apenas recordaban cosas.

Ahora estoy seguro que necesitamos casas del recuerdo mejor dotadas para alejar la imprevisión, para que no se nos agolpe el atolondramiento. Casas para atención de ancianos con peligro de olvido, no existen, ni pensarlo. La que hay, una que otra privada y con altos costos, pero instancias públicas no, más bien solo recuerdo los asilos.  Y engancharse en alguno de estos asilos de beneficencia en nuestro espacio es dificultoso suponer.

¿Cuánto cuesta una casa de ancianos, como las que se tiene memoria en Estados Unidos, antes de la segunda guerra mundial? Pienso que sí debe invertírsele a la casa del recuerdo pero más que nada tiempo para que sea construida con todo el confort posible.

Un lugar que huela a campo, que tenga sonidos de pájaros, que no se tenga frio, que el calor no sea extremo, que sea afable en su camino, que tenga accesos con barandales firmes y suaves a la vez. Que sea un lugar en donde se invoque a la vida como la única cosa cierta que nos pasa.

Si la felicidad de la vida son nuestros pensamientos, ¡cuidémoslos, recordémoslos!  Los recuerdos te pueden matar definitivamente, aquí sería una casa, muchas casas, donde el espacio nos permita retozar como niños con futuro.   Al respecto Mario Benedetti dice:

 

“Los recuerdos nos llevan al origen

se convierten de pronto en semilla

de las oscuridades y las luces

que vinieron después y despacito

con la memoria vamos y volvemos”