Hace unos días, en una visita a Parras de la Fuente, me topé en un restaurante propiedad del alcalde de ese municipio, escrito en el menú el testamento de su tío abuelo, Don Evaristo Madero Elizondo.
El documento por sí mismo es muy interesante, por lo que no me extrañó que a Evaristo Madero se le haya ocurrido reproducirlo en el menú de su restaurante. Lo que ahí plasmó Don Evaristo, no solo incluye su última voluntad con respecto al destino de sus bienes materiales, sino además hace una serie de reflexiones que a más de uno, incluyendo a muchos de sus descendientes, bien les haría leer y aplicar en su vida diaria.
A continuación, transcribo textualmente el documento, que incluye una breve semblanza de Don Evaristo, y las primeras cláusulas de su testamento. Espero que a usted le resulte agradable leerlo, y que le sea de utilidad, tal como lo fue para mí.
"Hace 100 años falleció en Monterrey don Evaristo Madero Elizondo. Su vida transcurrió en los Estados de Coahuila y Nuevo León, fundamentalmente en las ciudades de Parras y Monterrey. Empresario y político, llegó a crear un consorcio comercial, ganadero y agrícola. Fue Gobernador de su Estado natal, Coahuila, en 1880 y 1884. Estableció empresas en el noreste mexicano, principalmente en Monterrey, Saltillo, Torreón y Parras.
En su juventud, don Evaristo formó parte del Ejército del Norte y participó en la batalla de Ahualulco. Llegó a ser Coronel y Diputado al Congreso Constituyente del Estado de Nuevo León y Coahuila, en el año de 1857. Apoyó el establecimiento de los bautistas en Monterrey, lo cual provocó su enemistad con el Obispo Ignacio Montes de Oca.
Mostró siempre un gran interés por la educación y la cultura, propició la propagación del teatro y la educación, creando escuelas y establecimientos de beneficencia. Fomentó a la industria, la agricultura, la minería e impulsó las comunicaciones: el ferrocarril y telégrafos.
Quienes le conocieron lo describen como un hombre de incansable energía, que contribuyó al progreso del norte del país. Inflexible en cuestiones de honor y el deber. Una combinación de bondad y fuerza. El trabajo constante, el buen sentido práctico, la intuición del industrial. Con mano pródiga, que nunca se fatigó de servir allí donde hacía más falta, sin ostentación, sin propaganda. Su credo fue siempre un código escrito en el corazón.
Murió el 7 de Mayo de 1911 a la edad de 82 años, días antes del triunfo revolucionario de su nieto: Francisco I. Madero. Previamente, dejó por escrito su testamento, el cual ahora transcribimos:
Yo, EVARISTO MADERO, vecino de Parras de la Fuente y con residencia en la Hacienda del Rosario, de ochenta y dos años y en el más perfecto conocimiento, consigno en el presente testamento mi última voluntad, para que después de mi muerte la cumplan mis albaceas y ejecutores. Además, anulo cualquier disposición testamentaria o codicilio que hubiera hecho antes, quedando sin ningún valor.
PRIMERO. Declaro que he sido casado dos veces y ambos matrimonios me han dado dieciocho hijos de ambos sexos, pero habiendo perdido cuatro que fallecieron, dos de cada matrimonio, viven catorce, cinco del primer matrimonio y nueve del segundo, que están casados todos con excelentes esposos y esposas. Los cinco primeros fueron hijos de mi esposa Rafaela Hernández, y se llaman: Francisco, Pudenciana, Victoriana -que quedó viuda-, Carolina y Evaristo, de mi segunda esposa, Manuela Farías: Ernesto, Manuel, José, Salvador, María, Alberto, Barbarita, Benjamín y Daniel.
SEGUNDO. Declaro que todo cuanto yo les haya regalado a mis hijos no se les tomará en cuenta de su herencia, y si algunos han sido mejorados, espero que quedarán conformes, porque todos son tan buenos, y no harán la menor observación.
TERCERO. Declaro que el capital que y tengo consta en mis libros, que actualmente están al cuidado de mi sobrino don Juan Garza, persona de toda mi confianza, porque es de una honradez acrisolada y digna de alabanza porque lo merece.
CUARTO. Declaro que nombro para primer albacea a mi hijo Ernesto, para segundo a mi hijo Manuel y para tercero a mi hijo José. En caso desgraciado de muerte de alguno de los tres, los que sobrevivan nombrarán al que falte. Nombro igualmente para consultores a mi hijo político el licenciado don Viviano L. Villarreal y al señor Licenciado don Mauro Sepúlveda, ambos son de una honradez acrisolada y poco común, y caballeros como el que más.
QUINTO. Declaro que estos albaceas serán también ejecutores y administradores de los bienes que referiré después y que los cuidaran más que los suyos propios para los fines que más adelante se expresarán.
SEXTO. Ordeno que el capital que dejo a mi fallecimiento se separen cien mil pesos para que con sus productos se sostengan la casa de caridad con el nombre de Asilo San José, que tengo establecida en esta Hacienda del Rosario, pero en ningún caso se gastará nada del capital, y solamente de los réditos se dispondrá.
SEPTIMO. Ordeno que si desgraciadamente tuviera algunas deudas a mi fallecimiento, no se dividirán mis bienes hasta acabar de pagar el último centavo, y en tal caso se manejarán mis bienes por mis albaceas, que se convertirán en junta directiva o consejo de administración, pero el verdadero administración, pero el verdadero administrador lo será Ernesto, como primer albacea, pero resolviéndose todo por mayoría de votos.
OCTAVO. Ordeno que, aunque hago la aplicación y distribución de mis bienes ahora, si dispusiera yo de parte de ellos antes de mi fallecimiento, se considerarán éstos como no aplicados.
NOVENO. Ordeno a mis albaceas y administradores que aunque hasta ahora ninguno de mis hijos y yernos tiene ningún vicio y por el contrario son buenos y caballerosos, sí por desgracia algunos se volvieron jugadores, borrachos, tracaleros y embusteros, no se les entregará la herencia que nuestro buen Dios me permitió dejarles, y solamente se les dará parte de las ganancias, al buen juicio de mis albaceas, hasta que los consideren capaces de manejar sus bienes con ventaja y hayan abandonado por completo los vicios.
DECIMO. Ordeno que mis herederos no podrán vender ni la parte menor de las finas que yo les dejo como heredad, siendo nula y de ningún valor la enajenación que hicieren antes de veinte años de mi fallecimiento. También les ordeno que jamás presten su firma a nadie y cuando quieran hacer un servicio lo hagan con su propio dinero. Igualmente les ordeno y aconsejo que jamás pidan fiado; y cuando lleguen a hacerlo por aprovechar de algún negocio lucrativo, no comprometan más de un 20% de su capital, y por poco tiempo solamente, pues los acreedores tiene ojos abiertos contra los deudores y les cuentan hasta los pasos y bocados que dan, lo cual es muy desagradable. Es más feliz el que no tiene deudas con capital reducido, que el rico que tiene grandes compromisos, porque se desprestigia y en el rato menos pensado da un frentazo y se rompe la cabeza quedando en la ruina. Por supuesto que siendo honrados y activos adquieren cuanto desean, procurando, además, no ser vanidosos ni envidiosos de caudales, pues lo único que se permite al hombre envidiar son las virtudes de sus semejantes, porque con esto ganan todo. Evaristo Madero Elizondo".