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JAVIER VALDEZ
Publicado: Diciembre 1, 2013
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Me parece que México mata su infancia. Y hace lo mismo con los jóvenes. Los asesina al negarles un futuro, expulsarlos de la escuela porque las familias no tienen dinero para que continúen e ingresan al mercado informal o bien a la criminalidad.
Los finiquita al mantener bajos salarios y obligar a los padres a buscar empleo en otra ciudad o estado, o en el extranjero. Los extermina al rechazarlos de los planteles de bachillerato o profesional. Y los vuelve a matar cuando egresan de las carreras profesionales y no encuentran empleo o si lo tienen, la paga es mala.
Es homicidio tras homicidio. Cadena de tragedias en un mismo círculo. Rotos los eslabones en cada intento: cada luz apagada, como esperanza mutilada y alas rotas, cortadas por un país cuyo gobierno es incapaz de propiciar un ambiente de paz, seguridad, justicia, que permita el desarrollo integral de niños y jóvenes. Es la cancelación terca del mañana.
Y todos, incluso los ciudadanos, parecemos empeñados en la condena hacia niños y jóvenes. Los estigmatizamos por traer tatuajes y pelo largo, ropa floja y ceñida, o de color negro, aretes o pelo teñido de un escandaloso rosa. Esa es la otra sentencia, la que se deriva de su aspecto.
Igual hicimos con El Ponchis, cuyo nombre completo pocos saben. Eso sí, lo conocen por su apodo y todavía los medios de comunicación se empeñan en sentenciarlo. En un noticiero de televisión su calificativo era "el niño sicario de Cuernavaca". La misma reincidencia: eslabones de tragedias encima de otros eslabones de sangre y tragedia. Y así sucesivamente.
Nos olvidamos que son nuestros hijos, nuestras víctimas y nuestro espejo: somos nosotros frente a nuestro propio reflejo, ese que no queremos ver, ese al que no le queremos sostener la mirada, el otro que somos, la otredad huérfana, abandonada, el olvido y la desmemoria.
Más allá de cifras -se habla de entre 30 mil y 50 mil niños involucrados en el criminen en el país, en 22 tipos de ilícitos, incluyendo el narcotráfico-, la realidad nos aplasta y apabulla. Ni para dónde hacernos. Hemos construido un país sin niñez ni juventud por esta ausencia de oportunidades, porque las alternativas están en manos de la delincuencia y por esta sociedad que se apura en condenar y enjuiciar, antes de comprender.
Y del otro lado el crimen organizado, que insiste en coptarlos, entrenarlos, usarlos y desecharlos. En la mayoría de los casos, ellos mismos, los narcos que los exprimieron y para los que trabajaron, los ejecutan. Para ellos son un gatillo, una espoleta, un cartucho: objetos desechables en esos escenarios infernales de la criminalidad.
Pero no queremos ver ni parece interesarnos. Contribuir a entender, a mirar con otros ojos el narco y en general la criminalidad es tarea de los académicos, de los estudiosos y especialistas, pero también de los medios informativos. Patinamos en la mediocridad y lo pueril: arenas movedizas, fango de la "declaracionitis", y mientras más nos movemos, más nos hundimos.
El Ponchis, como se le conoce a este joven de entre 16 y 17 años, se llama Édgar. Tenía 14 cuando fue detenido y exhibido por los militares como "el niño sicario", hace tres años. Ese discurso criminal, lleno de calificativos apurados e irresponsables, fue reproducido con vileza por los medios de comunicación en el país y el mundo. Está acusado de decapitar a cuatro personas y de otros ilícitos.
Recientemente salió del Centro de Ejecución de Medidas Privativas de la Libertad para Adolescentes, de Morelos, con destino a Estados Unidos, donde se encontrará con su madre y hermanas.
Vuela al extranjero y parece que igual no sabemos saber de él. No queremos mirar ni entender. Parecemos apurados en que se vaya, que cruce la frontera para que no nos enteremos más de él. Por eso: porque es nuestro hijo, nuestra sociedad, nuestro espejo. Nosotros mismos y este hondo dolor. (CNN México)


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