El Sargento de La Minita que rescata a ‘la raza’ de los vicios

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TEXTO: JOSÉ TORRES | FOTO: HARUMI KAWASAKI

Su nombre es Víctor Manuel Arreola, le apodan ‘El Sargento’ –porque estuvo en el ejército por 22 años-, y desde hace 9 años se ha dedicado a rescatar a ‘la raza’ de la colonia La Minita, al suroriente de Saltillo, del alcohol, las drogas y la delincuencia. Lo hace poniéndoles un par de guantes y subiéndolos al ring.

Don Víctor, con sus propios medios, instaló un gimnasio en el patio de su casa, en la calle Mariano Salas 642, del referido sector, donde recibe cada día a varios jóvenes y niños que practican el boxeo.

Luego de dejar las filas del ejército, de donde causó baja como sargento primero, el más alto rango en la tropa, empezó a trabajar en una compañía de seguridad privada, pero desafortunadamente sufrió un accidente que lo dejó imposibilitado para seguir prestando sus servicios. Don Víctor hizo los trámites para recibir el dinero que tenía ahorrado de su afore, más o menos 62 mil pesos, y de eso, invirtió 50 mil en cumplir su sueño: construir su propio gimnasio.

Fabricó un ring con varilla, cemento y lona, con cuerdas de mecate amarillo, y guantes usados en las esquinas. Levantó la barda para tener más seguridad e instaló un techo de lámina. Equipó con perillas y costales, compró guantes, petos y manoplas, y por si fuera poco lo anterior, también algunos aparatos como bicicletas fijas y caminadoras.

Luego invitó a los chavos de la colonia a que se unieran al gimnasio, la cercanía de su casa con la Escuela Secundaría Número 5 fue clave para tener varios alumnos interesados.4

Luego, don Víctor salía en la madrugada cuando había peleas callejeras entre pandillas, se metía y les proponía que si tenían tantas ganas de pelear, lo hicieran en su ring, con guantes y reglas. Y se los llevaba a esa hora a su gimnasio a que tiraran ‘trancazo’. Muchos de ellos se hicieron sus pupilos.

El Club Deportivo “El Sargento” fue fundado el 24 de octubre de 2009.

“Ahorita son 12 chamacos los que tengo, pero he llegado a tener hasta 35, nomás que llegan las vacaciones y se me van, pero cuando regresan a clases tenemos nuevamente más”, señala don Víctor Arreola.

“Puse este gimnasio para ayudar a este barrio, para sacarlos adelante y que se retiren de los vicios… es un barrio muy conflictivo, pero muy hermoso, hay gente buena apoyando”, indica.

El Sargento dice que si los chavos traen ganas de pelear, pues que lo hagan bien.

Dice que se ha convertido en entrenador y segundo padre de muchos, pues se acerca a ellos para darles consejos de box y de vida.

No hay límite de edad, ni tampoco requisitos especiales para entrar al gimnasio del Sargento. Mientras el entrenador es entrevistado, atrás de él un niño y una niña, de apenas 8 años, saltan la cuerda y luego brincan sobre llantas.

Luego llegan otros tres jóvenes, quienes se vendan las manos y comienzan a hacer calentamientos. Después tiran golpes a las perillas y costales.

Para hacer más ameno el entrenamiento, El Sargento compró una bocina, conecta una memoria USB y pone música, ya sea colombiana al ritmo de Celso Piña, o las clásicas de películas de Rocky como ‘Eye of the Tiger’ de Survivor, o ‘Gonna Fly Now’ de Bill Conti.

Don Víctor piensa seguir con su sueño, porque cree que hay muchos jóvenes buenos, de donde pueden salir excelentes atletas, y que podrían representar a Saltillo, Coahuila e incluso México.

EL NIÑO QUE NOQUEÓ A SU COMPAÑERO

Hay toda una historia detrás del hombre que hoy dirige el Club Deportivo El Sargento.

No es saltillense por nacimiento, pero sí por adopción y antigüedad, pues llegó desde Torreón siendo un niño, acompañado de sus cuatro hermanos y su madre. De su padre no sabe nada, pues no lo conoció, por eso mismo tiene solamente un apellido, el de su mamá.

Estudió solamente la primaria, en la Escuela Rubén Moreira Cobos. Allí, lo molestaban sus demás compañeros, y tenía que defenderlo una de sus hermanas, quien alguna vez le dijo que se defendiera él solo, pues ella ya no lo haría, así que, obediente, el niño Víctor cuando estaba en sexto, noqueó en el recreo a un compañero que lo molestó. Lo suspendieron y mandaron llamar a su mamá.

“Entonces me di cuenta pues que traía dinamita en los puños”, dice don Víctor.

Se puso a entrenar box con don Luis Arenas y con Estanislao Flores, en la Maquinita, en 1975 ya era todo un éxito boxístico, pues trajeron a la ciudad un grupo de boxeadores de Monterrey y a todos los ‘tumbó’ Víctor Arreola.  En ese mismo año recibió el guante de oro, una distinción que se entregaba en el estado a los mejores boxeadores.

En el 1976 participó en su primer nacional, en Aguascalientes en donde tras 12 peleas obtuvo el cuarto lugar. Luego en el 1977 fue en Tampico, Tamaulipas, y obtuvo el tercero.

“No teníamos tanto estudio, pero teníamos estos dones, nos gustaba noquear. Yo le preguntaba a mis entrenadores ¿ya quieres que lo tumbe o me espero?”, señala.

Cuando regresó de esa competencia se ‘robó’ su acta de nacimiento y otros papeles importantes y necesarios para enlistarle en las filas del Ejército, y aún con la negativa de su madre lo hizo.

Dice que un día fue con el cabello cortito y su madre lo corrió, porque se había metido de soldado, duró cuatro meses sin verla, pero siempre le mandaba su mesada y le compró el terreno en La Maquinita, el mismo donde hoy se encuentra su gimnasio.

Víctor estuvo 22 años en el Ejército, y recorrió gran parte de México. Dice que cuando llegó a la milicia ya era “el Juan Camaney del box”.

En 1992 causó baja, y comenzó a practicar el atletismo, corriendo 15 maratones, el primero en la Ciudad de México.

Desde hace nueve años, Víctor Arreola “El Sargento”, se dedica en cuerpo y alma a su gimnasio, en donde con agrado ve como jóvenes se alejan del camino de las drogas, el alcoholismo y la delincuencia, para hacerse deportistas.

Dice que su vida es el box, su familia y su colonia.

Incluso, alguna vez escuchó decir a su esposa, que ella sabía que si le quitaban el box a Víctor, él se moría, porque es su vida.

Ya casi finalizando, cuando El Sargento mostraba algunas fotografías de sus años de gloria y medallas y trofeos que ha ganado, confiesa con evidente tristeza algo: uno de sus hijos está desaparecido.

Pareciera que detrás de ese hombre animado y amante del boxeo no hay nada que lo pudiera mandar a la lona. Nunca lo habían noqueado hasta que perdió a su hijo, cuando lo levantaron hace unos años en un municipio de Coahuila. Pero no se dio por vencido, pues hace poco supo que seguía con vida en otro estado.

Dice que no lo ha contactado porque teme por la vida de su hijo y la de su propia familia, pero mientras sepa que está vivo, él está tranquilo.

Ni ese golpe hizo que El Sargento se doblegara, al contrario, ha tenido las fuerzas y ánimo suficiente para salir adelante él y su familia, y sobre todo, para convertirse en ejemplo de su barrio y ponerse los guantes cada día para ‘tirar trancazos’ y rescatar a más jóvenes de los vicios. (TEXTO: JOSÉ TORRES | FOTO: HARUMI KAWASAKI)

 

 

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